sábado, 4 de septiembre de 2010

"PECADOS CAPITALES (III): GULA"

“Soy ateo, gracias a Dios” (Luis Buñuel, director de cine español, 1900-1983)

“Creo en Dios porque no creo en el hombre, ni en la mujer, aunque esté muy buena”
(Luis Miguel Villarrubia Martos, padre de cinco hijos y
Licenciado en Derecho, 1962-?)

   Si la gula es comer y beber en exceso, yo me acuso, pero si generalizamos y la consideramos como apetito desordenado o consumo excesivo de algo o de alguien, ahí caemos todos. Vivimos tiempos de adicciones: nuestros hijos son adictos a los “macdonal” y a los “burrikin”, a las nintendos y pesepes, abusan de disneychanel, de clantv y están enganchados al ordenador, al tuenti –mi hija mayor queda así con su novio porque ya no se lleva quedar por teléfono– y de esos vicios o adicciones somos culpables los padres. Nos resulta más cómodo que jueguen a la consola o vean TV para que nos dejen tranquilos y para ello argumentamos que esas cosas desarrollan la inteligencia. Y además, y por si acaso, los llevamos a colegios privados y los metemos en todo tipo de actividades extraescolares, sobre todo, para que no nos den el coñazo por las tardes.

   Si hay algo que me pone enfermo es un niño OBESO; no por el niño sino por los padres: “es que mi hijo come de todo”, “como sólo le gustan las chuches”, “es mejor que coma lo que quiera”… Eso sí, luego lo apunto a un gimnasio o a natación o al fútbol aunque no le gusta al chavea y ya está. Desde luego hay gente que en vez de tener hijos debería machacarse la cabeza con una piedra. Lo normal en un niño sano y normal es que esté delgadito, que no pare de jugar, de hacer deporte, comen como limas pero lo queman todo. Y si no es así, ponte las pilas: “los mejores juguetes de un niño son sus padres”. Pero los padres de 2010 no tenemos tiempo para nuestros hijos: estamos tan ocupados con nuestro trabajo, con el pádel y el golf, con el gimnasio y la natación (“escuela de espalda” le llaman ahora) y la bicicleta estática –ahora se dice “spinning”, ¡qué gilipollez!-, las cervecitas y las copitas con los amigos, poner los “cuernos” a nuestras mujeres y maridos, los móviles, internet y el feibuk, las bodas, las despedidas de solteros y solteras, los telediarios y el fútbol… A poco que nos descuidemos, cumplen dieciocho años y nos mandan a la mierda, como es normal, y además nos echarán en cara que no les educamos y, peor aún, que no les quisimos ni tuvimos ocasión de conocernos.

   Estamos tan ocupados en ocuparnos que no tenemos tiempo por supuesto para nuestros hijos, no hay tiempo para enamorarse, para ver amanecer, para mirarnos a los ojos, ni siquiera para insultarnos, para dejar una nota con nuestro teléfono cuando golpeamos otro vehículo, no tenemos tiempo ni para morirnos, morimos deprisa… a 200 por hora, como Alonso. De vez en cuando, Dios nos da un “toquecito”: se nos muere nuestro abuelo o nuestro padre o viene el cáncer u otra enfermedad grave o la tensión alta y entonces, sí, entonces paramos el reloj y nos preguntamos por qué corremos tanto y a dónde vamos tan aprisa. ¡Valiente mierda de vida! Hoy escribo sin mirar el reloj, estoy pensando en mis cosas y en las vuestras y espero que esto sirva de aldabonazo y pongamos freno a nuestro estrés y a nuestras adicciones. Esto es lo que los psicólogos llaman “escuela de valores”.

   Yo soy adicto al tabaco –voy a encenderme uno de liar ahora mismo porque me mola morirme cuando me dé la gana y porque tengo derecho a ello- , a la cervecita “fresquita”, a la playa, al golf, al sexo “cuando diga mi mujer” y a muchas otras cosillas; pero, sobre todo, soy adicto al buen rollo, a la buena gente, a mi mujer y a mis hijos aunque no me besen cuando llego a casa, al trabajo bien entendido, a la risa y al buen humor, a amar al prójimo como a uno mismo, a hacer felices a los demás, a la autocrítica… Y soy adicto a vosotros, a los que me leéis y a los que no, a los que me amáis y a los que no, a los que me envidiáis y a los que me admiran, a los de izquierdas y a los otros, a los del Madrid y a los del Atleti (del Barça ni hablamos), a los buenos y a los malos compañeros, a los ricos y más a los pobres, a los creyentes y a los otros...

   En fin, soy adicto a la vida pero estoy preparado para la muerte; al fin y al cabo, es la “otra vida”.

   ¡¡ Hasta siempre !! Ahí os dejo con vuestras adicciones.